Radio María Costa Rica

Desde el Hospital

Por: Pbro. Álvaro Sáenz
Director de Radio María Costa Rica

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Una breve reflexión sobre cosas que no sean de régimen hospitalario ni político. Creo que lo esencial de un cura es que sea hombre de Dios y aunque uno vaya apenas aprendiendo, pues que se refleje de alguna manera en lo que escribimos. Todo para la gloria de Dios.

DE LA ORACIÓN QUE HE PODIDO HACER…

Mi consuelo estos días ha sido sentirme de en retiro: hacer todo el oficio divino, incluso las completas; que no me falta la doble visita diaria al Santísimo y la oración interior, tampoco el rosario diario. Claro, es un retiro o, si lo vemos de otra manera, como vacaciones pero en el sentido más misterioso de la palabra: vacaciones frente al dolor, frente a la congoja que viven cerca de mil enfermos en un emblemático edificio, vacaciones frente a la maravillosa expresión del incansable servicio de unos seres humanos que buscan ansiosos descifrar el misterio de lo físico, de la enfermedad, que quieren conocer los caminos de la salud para compartirla con los que acá buscamos que nos den la salida.

Pero lo interesante es que el dolor no es solo de los que acá dormimos. Viera qué duro es, al salir a hacer la visita al Señor, pasar frente a la puerta de quirófanos cuando están operando a alguien de emergencia y encontrarse con los familiares arrasados en lágrimas, incapaces de entender por qué alguien baleó a su ser querido en un asalto, por qué se produjo un accidente o ese suceso doloroso en la persona amada, el cónyuge, el hijo, el hermano.

Es común encontrarse en los rincones del edificio gentes llorando amargamente. Y no sé cómo dirigirme a ellos para compartir dolor y congoja. Quizá sea demasiado tímido para ello o quizá tenga que irme acostumbrando. Cuando estuve en el Hospital cuando mamá iba a morir, iba de acá para allá con el óleo y el ritual. Mi hermano mayor, hombre poco creyente, muchas veces vino a decirme “Mirá, allá está una señora muriendo, andá y hacele lo que vos les hacés”.

Pero ahora no es tan fácil. Ahora soy un señor en bata de señora, cargando una bolsa de plástico cuyo contenido todo el mundo sabe qué es y la que todos disimulan para no hacerme sentir mal. La condición, más bien precaria, incluso hace que la gente se me quede viendo como creyendo conocerme, pero luego se van en silencio, apenas saludando.

Querría poder prestar algún servicio, pero resulta difícil ser cura y paciente. De todas formas a la enfermera no le pareció una idea demasiado buena.

Y por otro lado acá se hacen más visibles los efectos de esos problemas que hemos estado comentando en el grupo de Facebook  “Sacerdotes de Costa Rica” ciertas melindradas de nosotros los curas, que con nuestras ideas y posiciones cerradas, impositivas e intransigentes, resultamos descritos por el Señor al decir de los fariseos que ponían sobre los demás cargas que son casi imposibles de llevar. Siento que el hospital, a pesar de la atención de los capellanes, muestra más de la cuenta el debilitamiento de nuestra realidad de fe. Hemos sembrado vientos, ahora recogemos tempestades. En mi salón poco a poco se ha ido logrando que los que se van a operar acaso piensen en ungirse. “No, eso es para los que se van a morir…”. Eso sin mencionar eso de ir a misa. La asistencia es escasa, grisácea.

A nadie se le ocurre eso de rezar, de contemplar el amor de Dios, de vivir la esperanza de la fe. A nadie le resulta familiar Jesús, el Cristo, aunque sobre nuestras cabezas penda un cuadro de la Santísima Trinidad y sobre muchas mesas o en muchos cuellos haya rosarios visibles. Son creyentes, pero no nos creen a nosotros, no confían demasiado en nuestro ministerio. ¡Qué duro!




Pero nunca es tarde…
El Señor está con nosotros y podremos remontar la corriente cuando lo determinemos, cuando así lo dispongamos. Solo falta que tomemos la decisión. Que queramos ser parte del misterio del reino, de la maravillosa obra redentora, ofrecer sin medida el consuelo del perdón, el auxilio de los sacramentos de vida, la luz de Su Palabra. Volver a ser los referentes luchadores por los pobres y los que sufren, los que viven en su cuerpo las señales de Cristo, tomando sobre nosotros los pecados de muchos. Como dice el Papa en su libro, administramos el cáliz de la Sangre de Cristo, una sangre que reúne todo el misterio de la misericordia de Dios para con la humanidad porque es la que sustituye la alianza rota por los hebreos al día siguiente de haberla establecido. Es también de la Nueva Alianza que anuncia Jeremías, que vendría tras la destrucción del Templo (la muerte de Cristo suprime todos los sacrificios del templo) y es también de la que habla Isaías al anunciarnos que “uno” cargaría sobre sí nuestros pecados. Muy bello

Si no lo hacemos, si no asumimos nuestra tarea, estoy convencido de que Cristo lo hará por nosotros y quizá nos eche fuera de nuestra labor pastoral.


DE LA LECTURA QUE HE PODIDO HACER…

Mi pequeño rinconcito hospitalario, en este salón de 10 camas, se ha ido convirtiendo en una especie de nido de ratas, aunque limpio. Una enredada extensión eléctrica alimenta cuanto chunche me he ido trayendo.

La lectura ha sido un recurso verdaderamente importante, pero la he ido dividiendo en dos grupos. Traía en papel “Los hermanos Karamasov” de Dostoyevsky, pero, como dice un amigo mío, “se me calló de las manos”. Ya no estoy para estos textos rusos. Como que mi gusto ha sido variando. Acaso esté poco sensible o haya perdido concentración.

Pero una amiga muy querida me regaló “Jesús de Nazaret” de Joseph Ratzinger, la segunda parte. Apasionante, como les he comentado ya.

El libro lo he mezclado con una obra “Jesusista”, es decir, una especie de planteamiento de Jesús desde el punto de vista histórico, obra de un tal Pagola. Por esas cosas de Dios, el libro del Santo Padre viene a llenar los vacíos que dejaba el otro autor, dándome una respuesta un poco ampulosa pero que a mis oídos de aprendiz de teólogo trajo la respuesta perfecta a lo que plantea Pagola. El Papa dice, hablando del problema que se plantea al querer hacer un análisis de la Palabra de Dios, o exégesis de una manera positivista, intentando explicaciones que se fundamenten solo en la historia puramente comprensible, es demasiado endeble y sobre todo muy poco posible. Se debe mezclar lo histórico con la disciplina teológica. Dice que: “Dicha exégesis debe comprender que una hermenéutica (interpretación) de la fe, desarrollada de manera correcta, es conforme al texto y puede reunirse con una hermenéutica histórica consciente de sus propios límites para formar una totalidad metodológica”.

En otras palabras, si bien es cierto querríamos entender exactamente qué pasó, debido a la ausencia casi total de fuentes reales es necesario hacer los aportes que nos permita el análisis histórico, pero apoyándonos en la experiencia teológica que vivió la primera comunidad, la experiencia de los primeros testigos, sobre todo los apóstoles. A eso llama Benedicto “totalidad metodológica”, es decir, lo que es exactamente histórico con la reflexión teológica de la comunidad juntos forman la yunta perfecta, claro está, no en igualdad de proporciones.
Bueno. Por ahora los saludo con afecto y devoción. Acá se siente la plegaria de los amigos. Gracias.

Álvaro.