De San Agustín
18 febrero 2011
San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte) y doctor de la Iglesia
Sermón 96,9
«Sígueme» (Mt 9,9)
En este mundo, es decir, en la Iglesia que toda entera sigue a Cristo, éste nos dice a todos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo». Porque esta orden no está destinada sólo a las vírgenes, excluyendo a las mujeres casadas; a las viudas, excluyendo a las esposas; a los monjes, excluyendo a los esposos; a los clérigos, excluyendo a los laicos. Es toda la Iglesia, todo el Cuerpo de Cristo, todos sus miembros diferenciados y repartidos según sus tareas propias, que deben seguir a Cristo. Que toda entera le siga, ella que es la única, la paloma, la esposa (Ct 6,9); que le siga ella, la rescatada y dotada por la sangre del Esposo. Aquí tiene su sitio la pureza de las vírgenes; aquí tiene su sitio la continencia de las viudas; aquí tiene su sitio la castidad conyugal…
Que sigan a Cristo estos miembros que tienen aquí su lugar, cada uno según su categoría, cada uno según su rango, cada uno a su manera. Que renuncien a sí mismos, es decir, que no se apoyen sobre sí mismos; que lleven su cruz, es decir, que, por Cristo, soporten en el mundo todo lo que el mundo les va a infligir. Que le amen a él solo, el único que no decepciona, el único que no es engañado, el único que no se engaña. Que le amen porque lo que él promete es verdad. Pero la fe vacila porque no lo da ahora; continúa, persevera, soporta, acepta esa espera, y has llevado tu cruz.



