Del Concilio Vaticano II
4 de febrero 2011
Concilio Vaticano II
Declaración sobre la libertad religiosa, 11
Testigos de la verdad
Cristo dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino no se impone con la violen¬cia, sino que se establece dando testimonio de la verdad y pres¬tándole oído, y crece por el amor con que Cristo, levantado en la cruz, atrae a los hombres a Sí mismo.
Los Apóstoles, amaestrados por la palabra y por el ejemplo de Cristo, siguieron el mismo camino… No por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la palabra de Dios. Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios Salvador, “que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad”. Pero al mismo tiempo respetaban a los débiles, aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo “cada cual dará a Dios cuenta de sí” debiendo obedecer a su conciencia…
Ellos defen¬dían con toda fidelidad que el Evangelio era verdaderamente la virtud de Dios para la salvación de todo el que cree. Desprecian¬do, pues, todas “las armas de la carne”, y siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron la palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios… Como el Maes¬tro, reconocieron la legítima autoridad civil. Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público, cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hom¬bres” (Act., 5,29). Este camino lo siguieron innumerables mártires y fieles a través de los siglos y en todo el mundo.
[Referencias bíblicas: Mt 26,51s ; Jn 12,32 ; 1Tm 2,4 ; Rm 14,12 ; Rm 1,16 ; 2C 10,4 ; Rm 13,15 ; Hch 5,29]



